La conciencia, la intencionalidad, la libertad, el tiempo, la estructura de la acción, la dinámica constitutiva del conocimiento humano —incluida su dimensión tácita— no son aquí objetos contingentes, sino elementos indispensables sin los cuales ninguna actividad humana sería comprensible. Tales elementos no se postulan, se reconocen: aparecen como condiciones de posibilidad de toda experiencia, y por ello ocupan un lugar primario en cualquier construcción teórica rigurosa. El ante actio es, por tanto, el punto de partida de cualquier disciplina que aspire a coherencia. Allí se determina la arquitectura necesaria que sostendrá todo lo que después se despliegue en metodologías, prácticas o aplicaciones.